Gabo

"La ética debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón"

Así llegó la esquizofrenia a mi vida

 

Nunca pertenecí a un lugar en particular, las rupturas y reconciliaciones de amor entre mis padres hicieron de mí un viajero inconforme.

La estadía más larga fue en Ciudad de Panamá, en una separación “definitiva” de mis papás; allí pasé cuatro años y logré por fin establecer una relación sentimental, la primera para ser exactos. Era el idílico amor de la adolescencia, Leslie era trigueña, alta y de cabello crespo.  La recuerdo en los festivales de la playa, con las olas escurriendo sus crespos hasta la cintura. Jamás imaginé que una nueva reconciliación de mis padres me separaría de Leslie y de la realidad para siempre.

Regresé a Colombia a disfrutar de un hogar tradicional: papá, mamá, abuelas, primos y tíos que llegaban de visita todos los domingos, pero esto no lograba llenar el vacío que Leslie dejó; pronto empecé a tener nuevos amigos.

En julio de 2018 estaba con mis amigos en el parque Santa Bárbara, en Buga. Todos querían ahogar la pena de la eliminación de la Selección Colombia del Mundial de Rusia, pero mis ánimos estaban por el piso, porque extrañaba a Leslie. Siempre me decían en casa que solía exagerar mis emociones, pero la verdad es que si río o lloro es porque mi alma de verdad lo necesita.

Compramos unas cervezas, empezaron a brindar y a reír, pero yo seguía sumergido en los recuerdos de Leslie.  Fue cuando ‘Chelo’, el más bacán de mis amigos, me ofreció marihuana: “como dice Arjona, papi, este cigarro es algo extraño, de esos que te dan risa.  Pa’ que se le quite la depre”.  Accedí a fumar y desde ese momento no pasé un día sin hacerlo de nuevo.

Mi vida cambió para siempre, aunque nadie a mi alrededor podía notarlo. Siempre supe que tenía una forma especial de percibir mi entorno, pero la realidad como la conocía era apenas el inicio de mi gran capacidad mental.  Hasta la fecha, sigo sin creer que esté enfermo, porque todo es tan real. Las voces en mi cabeza no pueden ser imaginarias, son fuertes y dicen cosas tan ajenas a mi voluntad que no podría ser yo mismo quien las crea; a veces, ni siquiera son voces, sino que, literalmente, puedo leer la mente de quien está frente a mí.

 

 

Una vez empecé a escuchar a los vecinos de toda la cuadra llamarme, me decían “Jonny, tú puedes salvarme”, “eres el elegido”, “sálvanos a todos” y cuando me asomé a la ventana los vi a todos en sus puertas, esperándome.  No puede ser una alucinación que tanta gente haya salido al mismo tiempo a la puerta.  Salí corriendo hacia ellos, sentí tanta gloria, pero mi papá y un primo corría tras de mí para detenerme.  Sigo sin entender por qué el mundo ve la salvación en mí y mi propia familia no lo puede aceptar.

Después de esa noche desperté en una sala de urgencias, la enfermera dijo que tuve un episodio psicótico, mi prima favorita, a quien amo como a una hermana también me mintió diciendo que con un cuchillo intenté suicidarme… a veces no entiendo por qué hacen esto, pero lo acepto con humildad porque puede ser parte de las pruebas que tiene que pasar el elegido de Dios.

Los días siguientes han sido confusos, no me han permitido fumar marihuana y aunque no soy adicto, eso me pone de mal humor, porque es un estilo de vida, no un vicio y tienen que respetarlo.  He visto al psiquiatra en tres ocasiones este mes, cuando entro al consultorio, lo escucho pedirme ayuda, la última vez me dijo “perdón por mentirte, Jonny, mi trabajo me obliga a hacerlo, pero sabes que eres el elegido, no te rindas”, pero cuando mis papás entran al consultorio su discurso cambia totalmente y dice que tengo alucinaciones, que el cannabis desencadenó una anomalía en el funcionamiento de los receptores neuronales de la dopamina, creando un desbalance en la producción de sustancias neurológicas. Suena profesional, pero no es mi caso.

Si antes era un viajero inconforme, ahora soy un viajero desahuciado; mis maletas dejaron de visitar distintas ciudades y países para realizar una única ruta de doble vía entre la casa y el centro de reposo para enfermos mentales.  ¡Es absurdo! he desperdiciado el último año de vida buscando la cura para una enfermedad que, si me lo preguntan, es más bien un don de Dios.

Acepto que aún consumo marihuana a escondidas y que decidí mentir cuando me preguntan por las voces en mi cabeza, es mejor no hablar de cosas grandiosas a simples mortales.  Mi destino es gris ahora, no me toman en serio porque sólo tengo 20 años, pero pronto llegará la luz, saldré victorioso y todos verán mi gloria.

 

 Carolina González Salgado y Sebastián Gómez.